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DELVAUX, P. El diálogo |
Convertido en una flamante gacela de rojo pelaje, rallado con un fuerte carbón negro, me entretengo andando por las llanuras de mi inconsciencia. En medio de aquel paisaje enrojecido por el atardecer, como si el Sol tuviese vergüenza de la Luna, me disponía fuerte y lozana. La penumbra ya asomaba por el este, con destellos de luz de luna y del lucero resplandeciente. Ese momento para mi era un caos, momento en que las quimeras de mi mente empiezan a fluir, situación mágica cuando el día es cubierto por el manto de la noche, desplegando sus alas ennegrecidas de carbón. En ese momento empiezo a perder mi razón.
La penumbra del ocaso turba las imágenes, me engaña. Entre el mito y el logos vislumbro los objetos y los sonidos, que se enredan en mi mente como esfinges chillando, me aturden y me encandilan. Me encanta. En mi paseo aturdido por las sabanas de mi inconsciencia, corro entre la vegetación en plena soledad, me siento libre, respiro el aire sin contaminación, noto como penetra entre los pelillos de mi hocico, me pasa por la tráquea hasta llenar los pulmones, acabando con el vómito de éste, de nuevo, al exterior. No me notaba cansada, aunque llevaba horas recorriendo aquellos paisajes desiertos de mi masa encefálica, en busca del día que estaba muriendo; eso sí, notaba la necesidad de refrescarme. Así pues, dirigí mi paso ligero hacia una charca que había observado unos metros atrás.
La penumbra del ocaso turba las imágenes, me engaña. Entre el mito y el logos vislumbro los objetos y los sonidos, que se enredan en mi mente como esfinges chillando, me aturden y me encandilan. Me encanta. En mi paseo aturdido por las sabanas de mi inconsciencia, corro entre la vegetación en plena soledad, me siento libre, respiro el aire sin contaminación, noto como penetra entre los pelillos de mi hocico, me pasa por la tráquea hasta llenar los pulmones, acabando con el vómito de éste, de nuevo, al exterior. No me notaba cansada, aunque llevaba horas recorriendo aquellos paisajes desiertos de mi masa encefálica, en busca del día que estaba muriendo; eso sí, notaba la necesidad de refrescarme. Así pues, dirigí mi paso ligero hacia una charca que había observado unos metros atrás.
Llegué, y allí estaba. El agua cristalina también cedía a la penumbra. En su superficie se mezclaban nenúfares y juncos, los cuales con la rozadura del aire parecían hablarme, chillarme... en medio de estos sollozos vegetales, deslicé mi cabeza sobre el agua, ya negra en su interior y dorada en la superficie debido a los reflejos, ya pálidos del Sol. Notaba el agua pasar por mi interior, tenia una textura más densa de lo normal, como viscosa. En ese momento, noté como la charca dejaba de mostrar los círculos concéntricos de mi hocico metido en ella, para dejar paso a un movimiento serpenteante, pesado. Yo ya había saciado mi sed animal. Me marchaba. En cuanto di la espalda a la charca del este, de la penumbra; noté como un ser se abalanzaba sobre mi lomo, suerte que era una rápida gacela y esquivé la caída del ser misterioso.
Me giré para observarlo. Era una forma enroscada, como triste por su fallida misión. Negra como un tizón, con un ribeteado verdoso y unos ojos amarillos, rasgados por el centro, como un profundo barranco. Solo podia ver su gran cabeza sobre ese amasijo de carne helada, que era la suya.
Era una serpiente enorme. No tardó, al verme parada frente a ella, en volver a atacar. Esta vez me pilló desprevenida, y con un movimiento rápido clavó su gran agujón sobre mi lomo; mi flamante espalda rojiza, rallada por carbón negro, ahora empezaba a mostrar ribetes de color rubí, cual tiara de una princesa. Ese pinchazón me recorrió el cuerpo entero, como una descarga eléctrica, atravesó, primero mi lomo y luego mi cabeza, llegando a los puntos más remotos de mi sistema nervioso. Este aguijonazo me sirvió para saltar con furia, rabiosa, sobre su viscoso cuerpo, y aplastarle su débil cráneo sobre aquel tupido suelo de la ciénaga, cubriendo de rojo carmesí la orilla de la charca.
Era una serpiente enorme. No tardó, al verme parada frente a ella, en volver a atacar. Esta vez me pilló desprevenida, y con un movimiento rápido clavó su gran agujón sobre mi lomo; mi flamante espalda rojiza, rallada por carbón negro, ahora empezaba a mostrar ribetes de color rubí, cual tiara de una princesa. Ese pinchazón me recorrió el cuerpo entero, como una descarga eléctrica, atravesó, primero mi lomo y luego mi cabeza, llegando a los puntos más remotos de mi sistema nervioso. Este aguijonazo me sirvió para saltar con furia, rabiosa, sobre su viscoso cuerpo, y aplastarle su débil cráneo sobre aquel tupido suelo de la ciénaga, cubriendo de rojo carmesí la orilla de la charca.
Ahora entendía el lamento de los juncos y el movimiento tembloroso de los nenúfares, avisándome de aquel oscuro ser.
Con la última exhalación de aire de ese monstruoso ser me desperté. Todo, no habia sido más que un sueño; y la serpiente, la almohada de mi cama, enroscada a mis piernas, sudorosas, después de tan grande, y extraño, viaje.
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GRÜNEWALD, M; Las tentaciones de Sant Antonio |
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