miércoles, 23 de febrero de 2011

Manuscrito


Ilustración: Bruno Millán


Su color café me volvía loco. El tacto, un tanto resbaladizo, de su piel enturbiaba mis pensamientos. Como se desenvolvía entre mis manos era un placer inexplicable… pero, sobretodo, su olor, ese fuerte perfume que dejaba en la estancia, hacía estremecerse hasta el último poro de mi cuerpo, que esperando más y más, se deslizaba, cuidadosamente, hasta lo más fondo de su ser.

Me sentía como un voyeur espiando.

Primero, sentí vergüenza; más tarde, nervios, miedo… conforme me adentraba en su mundo, le conocía más, y eso me asustaba profundamente. Finalmente, no pude evitar llorar por aquel chico.

Siempre recordaré aquella primera lectura consciente, de una vida inconsciente. Plasmada, sin más, en un libro de tapas color café y membranosas hojas centelleantes.


viernes, 11 de febrero de 2011

Mujeres y toros: sangre, lágrimas y lunares


           
            Bien es sabida por todos la obsesión de la humanidad por asociar a la mujer comportamientos animales, perversas metamorfosis, con grotescos y eróticos resultados, o simples asimilaciones de gestos. Casi siempre fruto de la misoginia dominante en las primeras líneas de la cultura, de la sociedad.

Ya, desde la Prehistoria se asociaba la figura de la mujer a divinidades superpoderosas, normalmente asociadas con la naturaleza, a la Madre Tierra, a diosas de la fertilidad; que todo lo dan y todo lo quitan. Así, proliferaron numerosas esculturas de pequeño formato, que hoy día nos hemos empeñado en llamar Venus, pero que distan mucho de la habitual visión que de esta figura mitológica tenemos; se nos presentan con los miembros sexuales enfatizados, descomunales. Rasgo que permanecerá en la representación de la mujer, según mi parecer, hasta nuestros días [sino ¿Para qué están las operaciones de estética, sino para exagerar los rasgos de una persona? Sólo basta con mirar al famoseo de nuestro alrededor; véase pechos, nalgas, etc.], y no con muy distintos objetivos: su divinización en el mundo del catch y la seducción de otro ser humano para su fertilización. Pero dejemos esto a un margen.

Venus van Savignano-paleolítico- Museo Pigorini (Roma)


Continuando con la disertación de Mujeres y toros, como ya se ha dicho, bien es sabido el paralelismo que normalmente se realiza con la figura de la mujer y del animal; Hoy estamos aquí para hablar de esto, y en concreto de la fuerte relación de la mujer con el sector bovino.

                La relación de las féminas con el astado viene de lejos; ya la Antigüedad nos da testigos de un creciente acercamiento, más o menos violentos, consentidos o no. El primero que nos viene a la cabeza es el de Europa; según la leyenda [y Wikipedia], Zeus estaba enamorado de Europa y decidió seducirla/violarla [las dos versiones son válidas]. Transformándose en un toro blanco, que se mezclaría con las manadas de su padre. Europa mientras recogía flores cerca de la playa, vio al toro y acarició sus costados y, viendo que era manso, terminó por subir a su lomo. Zeus aprovechó la oportunidad y corrió al mar, nadando con ella a su espalda hasta la isla de Creta. Entonces reveló su auténtica identidad y Europa se convirtió en la primera reina de Creta. El acto amoroso tuvo lugar bajo un plátano, árbol que, según la mitología, debe el que sus hojas sean perennes a este acontecimiento. Tras llegar a Creta, Europa tuvo tres hijos, engendrados por Zeus: Minos, Radamantis y Sarpedón.


Europa y el toro de Gustave Moreau (c. 1869)
 Un segundo encuentro con esta figura es la leyenda de Pasífae -un encuentro muy fructífero según nuestro parecer en cuanto a todo lo que se desarrolló después- ¿Podemos decir que como residuo de los gustos de su madre? El mito nos narra la historia de la mujer del rey Minos. Toda la historia se inicia con la afirmación de su señor marido diciendo que sacrificaría lo primero que saliera del mar, Poseidón hizo salir un toro, pero Minos lo encontró tan hermoso que lo incorporó a sus rebaños y el dios, enfurecido, según Diodoro Sículo, Pausanias, Virgilio, y Apolodoro, para vengarse de la afrenta que le había hecho Minos, hizo que la reina se enamorase del toro que se había librado del sacrificio. Ella, por otro lado, confió su pasión zoofílica a Dédalo, quien prometió ayudarla. Así, construyó una vaca de madera hueca que cubrió con un cuero. Le puso ruedas ocultas bajo las pezuñas y la llevó a la pradera de las cercanías, donde el toro de Poseidón se encontraba junto a los rebaños de Minos. Luego de enseñar a Pasífae cómo se abría la portezuela corrediza situada en la parte trasera de la vaca [en el culo], y de ayudarla a entrar, se retiró discretamente. El toro blanco no tardó en acercarse y montar a la vaca de madera (de donde se deduce sin duda que Dédalo también afirmó las ruedas al piso), de modo que Pasífae vio satisfecho su deseo. Quedó, de esta manera,  encinta, pariendo un engendro mitad hombre y mitad animal: el Minotauro.

Pasífae;André Masson (1937)

A partir de éstos mitos se desarrolló un amplio imaginario que ocupó frescos, telas, papel y demás durante muchísimos siglos. Recordemos que como decía Goya en sus caprichos: El sueño de la razón produce monstruos; así, la pervivencia de estas figuras no estará en peligro gracias a la facilidad que tenemos para dormitar nuestra razón, o mejor, para alienarla.
Diversas tendencias se desarrollaron en los sucesivos siglos, llamándonos poderosamente la atención la aparición de la mujer fatal y su magnífica figuración en el siglo XIX, donde poetas malditos y artistas varios se encargarían de perpetuar la maligna [a la par que deliciosa] imagen de este personaje. Asimilando el concepto a variadísimos imaginarios, entre los favoritos se encontraban el animalístico y el psiquiátrico, que normalmente se cogían de la mano en numerosos relatos.

Majas en balcón, F. Goya (1810-12)

Pero me temo que la disertación no irá por estos derroteros, sino que nos centraremos en nuestro territorio patrio, donde la relación de las señoras con los bovinos está mucho más arraigada que la simple lectura del horóscopo. Una relación mucho más violenta, emparentada con la tauromaquia [acto cruel y atroz, la crítica del cual dejaremos para otro día].

Portada Vogue diciembre 2007


Y es que, si de algo entiende nuestra España más cañí es de cuernos, corridas y señoronas dispuestas a dejarse la voz y el tipo en ello. Cuando pienso en toros y España lo primero que me viene a la mente [a parte del vocablo tópico] es un tejido multicolor de mantillas, peinetas, caracoles de pelo a lo Estrellita Castro, labios rojos, ojos morunos [como dice aquella canción de Baccara], lentejuela, dorados, vírgenes, Cristos, la duquesa de Alba, paquetes marcados bajo mallas apretadas, etc. Aunque parezca el armario de un travestí no lo es, pero fácilmente podría serlo.
 En un país como el nuestro, machista, y un campo de acción más misógino si cabe no hay duda del papel asignado a la mujer: admiradora/mujer de/incentivación para afrontar el toro… Y si alguna llega a involucrarse en el mundo del toreo, tranquilos que ellos se encargarán de que vean la calle lo antes posible.
Pero dejando de lado esto, vamos a lo que nos interesa: la mujer y el toro. Será rápido e indoloro (para nosotros).

La primera parada del viaje por la galería de consortes del señor bovino son nuestra queridas folclóricas; sí, coplistas y toros son lo que Zeus a Europa. Una retahíla de nombres me nublan la mente, pero sin duda es Rocío Jurado la que se lleva el oro, mujer entregada a su segundo matrimonio con el torero José Ortega Cano. Su papel frente al toro no pasó de ser de simple espectadora, acicalada con mantilla, teja y un modelito que “animaba” a su torero en la faena. A parte de su carrerón estelar como cantante, no dio mucho juego en el sector bovino, más que sus desgarradoras canciones a su toreador.
Otra de las grandes es Isabel Pantoja, con sus dientes sempiternos… una relación más oscura y perversa, casada con el torero Paquirrín, quien suponemos que la aficionaría al mundo del toro, ya que años más tarde su relación con este animal sería más estrecha y directa, como ganadera de sus propias bestias… ¿Una Pasífae patria, con bigote y patillas? ¿ O simplemente un sitio donde dejar reposar el dinero negro? 

Rocío Jurado

Virgen del Rocío

Isabel Pantoja

La segunda parada de nuestro paseo por esta cámara de las curiosidades son las mujeres de los toreros, teniendo el histérico ejemplo de Belén Esteban; como todos sabemos no llegó a ser mujer del torero Jesulín, pero a éstas estuvo. Eso sí, quedó preñada como Pasífae, engendrando a un ser que haría despertar mil tormentas y humores como el Minotauro. El papel de ésta va mucho más allá que el de las folclóricas que se dedicaban a cantar su amor en los conciertos y a estar frente al toro espléndidas. Ahora cambiamos los trajes de faralaes, por ropa de mercadillo, tinte rubio y bisutería barata; el amor por el odio/rencor y los conciertos por los platós de televisión. Este es el nuevo cóctel explosivo de las ex mujeres de los toreros: lágrimas, platós, tinte, infantes, denuncias, juzgados… dejamos atrás la época dorada.


Belén Esteban

La tercera, y última parada es todo lo contrario a lo visto en las líneas anteriores; podemos decir que mucho más cercana que aquellas, pero más crítica respecto a la tauromaquia. Esta parada es el de todas aquellas mujeres que se ponen en la piel del animal, que realizan la metamorfosis en bovino [recordándonos a los imaginarios de las femme fatale], que sufren sus calamidades… Me viene a la cabeza la fantástica publicidad que hizo Alaska junto a Gatti para PETA; donde aparecía ella desnuda, como el animal, con los tacones simulando las pezuñas y las banderillas atravesando su lomo cual pinchito moruno. Este espectáculo era visto por mis globos oculares con tal admiración que no sabía si el rostro de la artista era de agonía o excitación…

Alaska por Gatti para PETA

Esta imagen me hizo reflexionar entorno a una película que caló muy hondo en mi persona:

Manolete de Menno Meyjes, 2007

Lamentablemente aún no estrenada en nuestro país.

Y os preguntaréis ¿Porqué caló tan hondo en su ser? Pues por razones tan obvias como toda la reflexión anterior. Un film que no puedo describir más que como una gran fuente de ensalada donde se mezclan diferentes vegetales con los más diversos tópicos referentes a nuestro país y a la mujer española, la Carmen de Bizet. Residuos de la leyenda negra, pero como en todo, una parte oscura lleva a una cara “clara”: la leyenda rosa, que es lo que nos ocupa.

Para empezar con los tópicos, los diversos títulos que se le han asignado en los países donde ha sido estrenada, en Inglaterra The Passion Within (algo así como “dentro de la pasión”) o en Canadá Manolete: Blood and Passion (Manolete: sangre y pasión); y como no las joyas de la crítica dedicadas a ella: Blood, bulls and boycott: Manolete strikes again; lo único malo es que las deudas de esta producción han eclipsado la variedad de temas que ésta oculta bajo tantos oros, santos y arena. Bueno, no. En realidad no hay variedad más allá de los tópicos del hombre masculinísimo que todo la hace bien y la mujer hiperfemenina [para la época claro] que es una puta, que lleva a la perdición a un hombre que estaba encauzado por el camino del “bien”. Reveladora es la secuencia de plano contra plano de los ojos de los tres involucrados: Manolete, Antoñita e Islero [el bravo que acabó con la vida del torero] y de las pezuñas del animal con el capote del torero y los tacones de la susodicha… una asimilación asombrosa para nuestro momento histórico: la mujer es quien le lleva a la muerte ¡Oh si! Ella es la única culpable por no gustarle los toros, por no gustarle ir a ver como matan a otro ser vivo, ella es la culpable a la que obligan –en pocas palabras- a ir a las corridas a ver a su pareja. En fin. 



Película, según mi opinión, que narra demasiado bien el papel que la mujer tiene muchas veces frente al toro: como ménade, puta y materialización del poder.

                Hoy en día, todavía la mujer se enfrenta a la figura del toro en el día a día, pero ahora encarnadas por cientos de toreros que inundan la parrilla televisiva, en las noticias, los programas de cotilleo, los zapping, etc. Pero parece que la tendencia está cambiando; y si antes las figuras centrales de nuestra sociedad cañí eran la folclórica y el torero, ahora son los futbolistas y sus parejas [a las cuales no puedo enmarcar dentro de una profesión como tal ya que su procedencia es muy diversa, desde modelos hasta cantantes].    

Estamos preparados para el cambio de los cuernos al balón, Pero ¿Para cuándo el cambio de la hipocresía machista a la liberación sexual en estos campos?

domingo, 6 de febrero de 2011

Llanuras rojizas


DELVAUX, P. El diálogo

Convertido en una flamante gacela de rojo pelaje, rallado con un fuerte carbón negro, me entretengo andando por las llanuras de mi inconsciencia. En medio de aquel paisaje enrojecido por el atardecer, como si el Sol tuviese vergüenza de la Luna, me disponía fuerte y lozana. La penumbra ya asomaba por el este, con destellos de luz de luna y del lucero resplandeciente. Ese momento para mi era un caos, momento en que las quimeras de mi mente empiezan a fluir, situación mágica cuando el día es cubierto por el manto de la noche, desplegando sus alas ennegrecidas de carbón. En ese momento empiezo a perder mi razón.

La penumbra del ocaso turba las imágenes, me engaña. Entre el mito y el
logos vislumbro los objetos y los sonidos, que se enredan en mi mente como esfinges chillando, me aturden y me encandilan. Me encanta. En mi paseo aturdido por las sabanas de mi inconsciencia, corro entre la vegetación en plena soledad, me siento libre, respiro el aire sin contaminación, noto como penetra entre los pelillos de mi hocico, me pasa por la tráquea hasta llenar los pulmones, acabando con el vómito de éste, de nuevo, al exterior. No me notaba cansada, aunque llevaba horas recorriendo aquellos paisajes desiertos de mi masa encefálica, en busca del día que estaba muriendo; eso sí, notaba la necesidad de refrescarme. Así pues, dirigí mi paso ligero hacia una charca que había observado unos metros atrás.
Llegué, y allí estaba. El agua cristalina también cedía a la penumbra. En su superficie se mezclaban nenúfares y juncos, los cuales con la rozadura del aire parecían hablarme, chillarme... en medio de estos sollozos vegetales, deslicé mi cabeza sobre el agua, ya negra en su interior y dorada en la superficie debido a los reflejos, ya pálidos del Sol. Notaba el agua pasar por mi interior, tenia una textura más densa de lo normal, como viscosa. En ese momento, noté como la charca dejaba de mostrar los círculos concéntricos de mi hocico metido en ella, para dejar paso a un movimiento serpenteante, pesado. Yo ya había saciado mi sed animal. Me marchaba. En cuanto di la espalda a la charca del este, de la penumbra; noté como un ser se abalanzaba sobre mi lomo, suerte que era una rápida gacela y esquivé la caída del ser misterioso.
Me giré para observarlo. Era una forma enroscada, como triste por su fallida misión. Negra como un tizón, con un ribeteado verdoso y unos ojos amarillos, rasgados por el centro, como un profundo barranco. Solo podia ver su gran cabeza sobre ese amasijo de carne helada, que era la suya.
Era una serpiente enorme. No tardó, al verme parada frente a ella, en volver a atacar. Esta vez me pilló desprevenida, y con un movimiento rápido clavó su gran agujón sobre mi lomo; mi flamante espalda rojiza, rallada por carbón negro, ahora empezaba a mostrar ribetes de color rubí, cual tiara de una princesa. Ese pinchazón me recorrió el cuerpo entero, como una descarga eléctrica, atravesó, primero mi lomo y luego mi cabeza, llegando a los puntos más remotos de mi sistema nervioso. Este aguijonazo me sirvió para saltar con furia, rabiosa, sobre su viscoso cuerpo, y aplastarle su débil cráneo sobre aquel tupido suelo de la ciénaga, cubriendo de rojo carmesí la orilla de la charca.

Ahora entendía el lamento de los juncos y el movimiento tembloroso de los nenúfares, avisándome de aquel oscuro ser.

Con la última exhalación de aire de ese monstruoso ser me desperté. Todo, no habia sido más que un sueño; y la serpiente, la almohada de mi cama, enroscada a mis piernas, sudorosas, después de tan grande, y extraño, viaje.

GRÜNEWALD, M; Las tentaciones de Sant Antonio  



martes, 1 de febrero de 2011

Flesh or meat?



               
                El cuerpo humano se convertido en una de las mayores obsesiones durante toda la historia de la humanidad; testigo de ello son las múltiples representaciones que de éste nos han quedado, las que se están fabricando y las que vendrán.
La primera expresión “material”  del hombre fue plasmar en las paredes de una cueva partes de sus propios cuerpos, los cuales recubrían con pigmentos aglutinados con grasa animal, sangre, etc. presionándolos sobre la superficie rocosa. Quedando estampados para la eternidad.
 Esta libre expresión cada vez fue cosificándose más y más hasta llegar a la Edad Media, donde en medio de absurdos dogmatismos se quisieron ocultar todos los aspectos carnales del cuerpo (¡no es absurdo!), mostrándolos solamente cuando la devoción lo requería, cuando había algún interés detrás… reservando el privilegio a representaciones de mártires, guerras santas y como no, a Jesús, encarnación del propio Dios en la Tierra. Representaciones que escondían las suculencias de la carne detrás de cuerpos planos, sin dimensión, sin volumen. No llegaba a ser ni un simple girón de la ficción.

Tendencia, que como bien sabemos, queda desterrada con el Renacimiento y el Barroco; donde la carne cobra toda su dimensión en esculturas de héroes clásicos, obras pictóricas repletas de mujeres entradas en carne, que rebosan; santas/os en visiones orgiásticas rodeados por el amor de su Dios, martirios que no dejan de ser sensuales a la par que inquietantes... El antropocentrismo entró en acción, una tendencia que sitúa al ser humano en el centro de toda reproducción, pero todo sea dicho, un ser humano divinizado, rodeado de hitos históricos, telas adamascadas, sangre, sudor y vísceras. 

Adán y Eva. Fresco de la Iglesia de la Vera Cruz de Maderuelo. (S XII)



              Andrea Mantegna, Lamentación sobre Cristo muerto (1457-1501)

Peter Paul Rubens, Las tres gracias (1636-1639)
   
Ahora empieza nuestra duda: ¿carne o la carne?

 Sin duda un nexo de unión con nuestro presente. Nexo que parece desvanecerse con los manierismos y demás vanguardias que se sucedieron; donde el cuerpo más que mostrarse se exhibe, se desintegra para mostrar su interior, sus lados ocultos… sus posibilidades. Un claro ejemplo de esta desintegración/apertura del cuerpo podría ser  la provocadora obra de Marcel Duchamp, la visión bizarra de Cindy Sherman o las deliciosas plastinaciones de Gunther von Hagens, entre otras delicadezas del arte.

                     
Marcel Duchamp, Etant donnés: 1-la chute d'eau, 2- le gaz d'éclairage; (1946 (1946)–1966)

Cindy Sherman, Untitled#1992 (1992)

Plastinación de hombre sosteniendo su propia piel de Gunther Von Hagens


Pero vamos a lo que nos interesa. Hoy en día, pensamos que más que nunca, se nos muestran las posibilidades del cuerpo desde todos los extremos y técnicas posibles. Por lo que respecta al audiovisual contemporáneo, posmoderno, éste no deja de sorprendernos.
Dejando grandes ejemplos del cine clásico, de los videoclips, del a publicidad, del cine contemporáneo… nos detendremos en las series de televisión. Pero aunque nuestro viaje empiece y termine en éstas, cabe mencionar que todas las expresiones antes mencionadas muestran temas transversales y puntos nodales fijos; uno de éstos es la fragmentación del cuerpo, un rasgo típico de la cultura de consumo, de los mass media en su afán por mostrar más y más en menos tiempo: ¡El tiempo es hora en nuestra sociedad capitalista! La cultura de la fragmentación pensamos.


Siguiendo la línea de la cultura de la fragmentación, y nuestra pregunta inicial [Flesh or meat?] observamos en el medio televisivo, el medio del transformismo, dos ejemplos puntales en esta divagación de la carne. Dos reflexiones sobre el cuerpo y su materialidad que podrían convertirse en los extremos a través de los que el discurso [por lo que a la carne se refiere] televisivo se estructura. Los ejemplos como tal son: Six feet under y Dexter, ambas de la productora HBO.

Six feet under nos cuenta la historia de una familia y la funeraria que regentan, con todo lo que esto conlleva; mientras, Dexter es la alocada historia de un, secreto, asesino en serie que trabaja para la policía de Miami como forense, pero muy especial, puesto que es especialista en manchas de sangre...

Sabemos que ha habido anteriores series que han tratado el tema, desde CSI [en todas sus secuelas] hasta Génesis, hipervisualizadoras de la carne y sus estragos. Pero la cuestión que nos atormenta no es ésta, sino la domesticación de esta carne, de la carne.

La domesticación de la carne llega por dos caminos muy diferentes. En Six feet under se produce mediante la domesticación de la muerte y su reintegración en la cotidianidad- pasamos de los modernos, e impersonales, tanatorios y nos llevamos el muerto a casa; como en casa en ningún sitio-, produciéndose una total intimidad con la muerte, con el cuerpo; puesto que la funeraria funciona como hogar y el hogar es una funeraria. Podemos decir, que se concibe como una perversa casa de Big Brother, ya que este habitáculo sirve como espacio de confesión, con un confesor más bien seco. Aquí el cuerpo muerto pierde todo lo transcendental y terrorífico, convirtiéndose, como ya hemos dicho, en un compañero más, al cual tendremos que disfrazar de vivo. El cuerpo muerto pierde su carácter extra-ordinario, sin esto no es más que carne flácida esperando ser atendida. Cuerpos que esperan ser reconstruidos sin detenerse en las extravagancias de lo interior, sin regocijarse en la producción de la parca.



Ésta es la vía de conexión con nuestra otra serie propuesta, Dexter, que al mismo tiempo enlaza con aquellas representaciones de martirios, guerras, disecciones, etc. que poblaban las exquisitas paredes de algunas casas pudientes [¿Colmando así algún deseo oculto de sus propietarios?]. En Dexter, ya no hablamos de carne sino de la carne [meat], como un moderno Hyde, nuestro protagonista utiliza sus actos mortales como pretexto para darse a conocer a los espectadores, una representación [ya que no es más que un personaje especular] manchada de sangre, sudor y vísceras, mostrando así el lado más gore de la domesticación. Una domesticación que puede enlazarse con el control excesivo que el ser humano está ejerciendo sobre su cuerpo, con la tendencia carpe diem que estamos viviendo desde los atentados de 2001 a las Torres Gemelas… una espiral de violencia, que en la serie es dosificada con tiras cómicas del mismo personaje, como un pretexto para empatizar con la muerte, para así colarla en nuestros inocentes hogares… el cuerpo aquí se fragmenta en cada episodio, a cada fragmento de segundo, como una sátira del propio género negro. Se juega con la comida, nos la tiran a la cara; ¿Qué mejor para domesticarla que hacerla a fuego lento?

               
                A modo de conclusión, simplemente puedo destacar el interés de los mass media por lo fronterizo, lo limítrofe lo híbrido… por querer convertirse en una especie de gabinete de curiosidades, registrando una, y cada una de las actividades del ser humano. Imperando de esta manera el gusto por el simulacro, por lo nunca visto. El gusto por la ambivalencia de significados y significantes… por la hipérbole, la hipertrofia de las formas.
Así, ¿Tendremos que concluir que se ha salido de la realidad? Que frente a esto la televisión fabrica su propia realidad, que se complace con lo especular y lo hiperreal;
Ahora más que nunca: flesh or meat? Bienvenidos al desierto de lo hiperreal.







PD. Siento no haberme extendido un poco más en el nudo de la cuestión, pero como se puede ver a estas horas de la noche el coco ya me deja de funcionar. Sorry.