domingo, 7 de octubre de 2012

Goticismo ilustrado o la Nueva Blanca


                

                        Este año podemos, y debemos, afirmar que nos han martirizado a versiones malísimas  de Blancanieves. Podríamos ser benévolos y sacar de cada una de ellas alguna característica que nos llamó la atención en su día… pero que pasado el tiempo solo recuerdas con rabia e incluso con un poco de pasotismo. Un vago y triste recuerdo en nuestra mente atiborrada de iconos.

Toda esta estructura fallera construida este año (omito versiones anteriores) por directores como Tarsem Singh o Rupert Sanders queda atrás con la versión de Pablo Berger. Si el señor Singh, por un lado, nos proponía una Blancanieves  revestida por pintura Titanlux dónde todo quedaba envuelto en un aura divinamente pop, incluso la misma historia de Blanca. Sanders, por otra, ponía sobre la pantalla todo lo contrario: un mundo lúgubre totalmente forrado de grises superficies y blanca nieve, con ciertos toques de rojo intenso (para que no se diga). Como muchos han comentado, la transformación de Blanca en heroína de videojuego o mejor dicho, “Dragones y Mazmorras 2.0”. Así, el 2012 nos ofrecía hasta el momento dos extremos: la princesa recubierta por barniz dieciochesco o la princesa guerrera, cual San Jorge luchando contra aquello que teme y odia. No obstante la distancia estética de éstas, caen en el mismo error según nuestro punto de vista: hacer de la historia de Blanca una noticia rosa, un drama de folletín -pensaba que me quedaría ciego después de tal atracón de edulcorantes- perdiendo la narración gran parte de su encanto y perversión, cosa que no podemos consentir desde aquí aunque sea “una versión”. Quitarle la perversión a Blanca es como quitarle a Bergman sus silencios o a Almodóvar sus boleros. No, no se puede.
Pero llegó septiembre y con él la historia de la que tanto habíamos oído hablar, leído alguna nota de prensa e incluso visto alguna imagen robada (no mucho porque no nos gusta destripar antes de tiempo, todo sea dicho)… pero solamente la idea de revisitar las fechorías de Blanca y sus pequeños amigos ahora en nuestro país, en blanco y negro y “mudamente” nos ponía la piel de gallina.






El deseado día llegó: el estreno. Decir que quedamos boquiabiertos es poco. Pablo y todo el equipo apostaron muy fuerte en la puesta en escena, la España más cañí se pone delante de nuestros ojos estampada con violencia contra la pantalla haciendo que toda la trama se desparrame sobre los espectadores; aquí no hay color pero el poder visual de sus imágenes es tal que nos hace imaginar la gama cromática más satinada que nuestra mente recuerda (casi en Cinemascope) para tal narración dónde aparecen la mayoría de tópicos de una época: los años veinte (finales). Berger sabe captar nuestra atención en esta historia gótica desde el primer minuto con la aparición del telón de terciopelo (homenaje a los antiguos telones de cine); nuestros ojos están ávidos de emoción, de groserías, de amor, de perversiones… y el director no nos defraudará. Como se ha mencionado, toda una galería de tópicos de la época se aparecerá durante los 104 minutos de film ante nuestra atenta mirada, como una colección decimonónica de curiosidades. Podríamos decir que es como ver un libro de Pilar Pedraza en pantalla grande, pero con ciertos toques cañí, recuperando la cultura de "fenómenos" tan generalizada durante esos años (es algo que me encanta): enanos, travestis, imágenes picaronas que nos recuerdan a  las películas pornográficas de Alfonso XIII… y lo más impresionante: los actores tienen ojos. No digo más. Los ojos de los actores se ven poco en el cine patrio, pero aquí, será porque no hablan, el director ha permitido que sus actores interpreten con la mirada y más aún que se recupere la historia de Blanca en casi toda su crudeza, recordándome a maravillosos fragmentos de uno de mis libros favoritos: "Zarzarrosa" de Robert Coover. No queremos adentrarnos en el reparto, pero es necesario mencionar la excelente actuación de todos y cada uno de ellos. Maribel Verdú como madrastra nada tiene que envidiar a las otras actrices que este año han tenido el privilegio de encarnarla, ya querrías tú Julia tener el temple de nuestra Maribel ¡Ja!. Por no hablar de los enanos, Ángela Molina (recordándonos a "Las cosas del querer) o el maravilloso Poncela... todo un honor asistir a la actuación de tal elenco de artistas.


Cabe mencionar que muchos han criticado que esta película tenga su base en el toreo (desde aquí no apoyamos este acto matarife), en la tauromaquia. No es aprobada por gran parte del público por este simple motivo, pero como mencionaba Elvira Lindo “No sé (sabemos) si defienden que se prohíba que los toreros protagonicen una historia de ficción, pero si fueran coherentes deberían dar la bronca también en los conciertos flamencos, en algunos desfiles de moda, quemar unos cuantos libros de temática taurina e incluso disolver esas fiestas donde los abuelos bailan y tararean ciertos pasodobles”.

En fin, sea como fuere, nos encontramos ante una emocionante experiencia sensorial cargada de pinceladas de humor surrealista, esencia dramática y un poderío musical que coquetean con clase y elegancia entre la España taurina más cañí y el imaginario más freak(valga la redundancia), a través de su monumental puesta en escena. En resumidas cuentas, un evocador homenaje al séptimo arte que, de momento nada tiene que envidiar a la aclamada “The Artist”.

No os lo penséis más y si no habéis ido a ver esta joya, ya estáis tardando.


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